15 dic. 2009

DESTINO DE POETA

Con una rama muy delgada iba trazando un complejo recorrido de líneas, indescifrable para los demás, pero entendible para sí.

Como pretendiendo esclarecer lo que viene, el hombre dibujaba un extenso recorrido con idas y vueltas sobre la superficie llena de diminutas piedras, que a veces interrumpían el paso del rústico pincel.

Apoyado a un árbol de cortas raíces, su pensamiento rondaba el porvenir y las dudas se atropellaban para parir más desconcierto.

El sol disminuía las largas sombras del entorno mientras el hombre agregaba detalles a su intento de establecer una regla que brinde certezas.

Cerca se encontraba una mujer, que, acompañada, buscaba trascender con su cuerpo, trayendo la extensión humana.

Sin preocupación pero con dolor físico, quería ver su mejor obra.

En esa maravillosa tarea se encontraba, cuando su compañero pretendía materializar fantasías basadas en sus fibras y anhelos, frustraciones y desencantos.

¿Sería como él? ¿Le gustaría lo mismo? ¿Trazaría el mismo camino? Dios quiera que sí, pensó.

En definitiva, qué podría hacer para cambiar el sendero marcado por tantas jornadas de arduo trabajo, capaces de moldear la experiencia necesaria para la transmisión.

¿Acaso el paisaje de la pampa no es suficiente materia para alimentar los deseos de desarrollar lo que el destino familiar dictamina?

En esos trances matemáticos andaba el hombre cuando su hijo llegó para engrosar el número en aquel Dorrego del siglo XIX.

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Por fin estaba cara a cara con él. Lo miró, pero poco encontró para responder aquellos interrogantes que lo mantuvieron atado a un sinfín de especulaciones.

Nunca lo reconocería, pero deseaba ver cómo cultivaría la tierra, la forma de recoger sus frutos y aceptar que los ciclos del tiempo se repiten inexorablemente.

Cada nuevo minuto era necesario para que la llanura ingresara por las venas y los límites entre lo terrenal y el firmamento ocuparan esos pequeños ojos, apenas entreabiertos.

El hombre anhelaba que ese paisaje dejara marcas indelebles en la criatura para que lo diáfano, incorruptible y simple moldeara el porvenir.

Sin establecer registro del cuándo, comenzó a percibir la seguridad de que estaba “haciendo lo correcto” y aquellos fantasmas iban transformándose en la simple tranquilidad de un logro que llegará.

Se detuvo otra vez en las entradas del alma del pequeño y confió en que el destino ya había jugado.

Al anunciar la llegada, le preguntaron cómo se llamaba: - Luis, igual que yo.